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El Calao

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Oye mi canto: ¡el gazpacho!

REQUIEN A UN HOMBRE DE CAMPO (Carmelo Nevado, uno de los primeros vecinos de Novelda del Guadiana).
Seco y fuerte como tronco de encina. Ninguna grasa en su cuerpo. Color de tierra parda como su misma tierra. Sagaz como un diplomático cauteloso. De mirar penetrante. Torrado por los soles de mil veranos y mojado por todas las aguas del cielo. Acariciado por todos los vientos y martilleado por los granizos de múltiples tormentas.
Así era Carmelo Nevado, "El Calao", como le llamaban todos. Un hombre de campo como tantos otros que existen por nuestra amplia geografía. Un hombre extremeño de todos los tiempos. Carne y campo. Unido a la tierra por profundísimas raíces de generaciones, metido dentro de ella hasta dejar la última gota de su savia. Un colonizador más de la parcelas de nuestro Plan Badajoz.
Un día este hombre dejó su bello pueblo para poblar, como una simiente más, aquellas tierras nuevas de regadío prometedor. Abandonó su casa, sus amigos. El hogar en que naciera y viviera sus años mozos. Dejó atrás los surcos secos de horizontes oscuros, de su pasado, para asentarse en otros surcos húmedos y jugosos, vírgenes y prometedores, que le ofrecía el horizonte luminoso de una España mejor que habría de redimirle.
Le conocí a orillas de una charca cuyos alrededores de altos pinos, invadidos de grandes langostos, se había transformado en vergeles verdes con cantos de codornices. Cuando el sol tímidamente ofrecía sus primeros destellos, entre el vapor que la tierra ofrecía, como bendito incienso, al nuevo día, la silueta angulosa de este hombre ya estaba clavada en la tierra, como azada humana. La curva de su cuerpo seco surgía entre el vapor del suelo, mezclándose con las plantas de algodón o de maíz, como una más que formase parte de aquella futura cosecha. El sol, en su avance incontenible, iba, poco a poco, abrasando aquella figura encorvada, que seguía pegada a la parcela, empujada contra ella por el peso tremendo de un plomizo sol abrasador. Los pájaros habían cesado en sus cantos y el chirriar de los insectos sonaba a calor de nuestro verano implacable. Si acaso, un mugriento pañuelo de rayas, dentro de su escasa gorra de visera, era la única protección contra la agobiadora temperatura que amenazaba con derretir todo cuanto quedara bajo sus terribles rayos solares.
A cualquier hora podía verse a "El Calao" entregado a su durísimo trabajo. También por las noches su azada incansable abría canales de agua en el complicado laberinto de los profundos surcos que habían de regar aquellas plantas, aún sin verse, para tomar la humedad suficiente y convertirse en brotes pujantes que se transformarían en el fruto jugoso que habrían de compensarle de aquel agotador trabajo... Y así un día y otro día, y cientos de días..., y miles de días... Hasta agotar el último.
Millares de hombres como este tenemos en Extremadura. Hombres que nacen, que viven y que mueren para el campo. Trozos de campo mismo... Así era "El Calao". Salido de la tierra y criado en la tierra. Como aquellos árboles frutales que su mano, todavía joven, sembrara y cuidara con el cuidado y el amor de un hijo más, para verlos cuajar felizmente. Hombre sin otras aspiraciones que un buen tiempo, una buena cosecha y una buena salud para seguir inclinado en la tierra hasta fundirse con ella irremisiblemente.
Este hombre nació en tiempos en que el estudio era prohibitivo para cierto sector de nuestra sociedad. No sabía leer ni escribir, cosa corriente en aquella generación, pero como muchísimos de estos hombres "sin principio" poseía una inteligencia rabiosa por manifestarse siempre sin saber cómo ni porqué. Su sentido de observación era agudísimo, profundo. Su filosofía, surgía espontánea, justísima, arrolladora.
Enseguida hicimos amistad. Me encantaba hablar con él y a él le gustaba hablar conmigo. Cuando el sol era más agobiador se acercaba a mi lugar de pesca para ofrecerme un cigarro. Siempre era él quien lo ofrecía. Era un hombre de esplendidez desmesurada. Jamás se acercó a verme sin que sus rudas manos fuesen cargadas de tomates, sandías, melones, uvas, peras o cualquier otra de las frutas que existían en su parcela. Siempre el delicado detalle del hombre que da lo que tiene sólo para agradar y servir, sin esperar a cambio nada más y nada menos que una buena amistad, y aseguro que de mi la consiguió de todo corazón.
Se colocaba en cuclillas, sin sentarse, con los brazos sobre sus secas rodillas. Sus dedos, endurecidos por el trabajo, iban arrancando maquinalmente yerbajos que arrojaba a su alrededor pausadamente, mientras hablaba con la mirada perdida en las secas lejanías. Su forma de hablar era amena, interesante, llena de términos personalísimos, pero de exacta significación. Palabras exclusivamente suyas, pero que siempre querían decir, a su modo, aquello precisamente que quería expresar... Un día, rodeados de silencio, después de una larga pausa, entre chupada y chupada del cigarro, me dijo:
- "Nosotros somos como estas yerbas... Como esta margarita bravía que sale de la tierra. Sale una mata chiquinina, va creciendo poco a poco, aluego sale una fló bonita y lozana como una moza..., se seca endispués y se cae la semilla al suelo. Al año que vine vuelve a salí la mata, otra ve la fló, se vuelve a caé la semilla y asín siempre desde que está el mundo."
- Es cierto -le respondí-. Nosotros también somos así: Nacemos, crecemos... morimos y nos sigue una nueva generación que a su vez hace lo mismo. Exactamente igual que esa margarita bravía.
- "No señó -me respondió tras meditar un rato-. No señó, no es iguá. De la semilla de esta margarita siempre sale otra iguá...; de la semilla nuestra nunca sabemos lo que va a salí."

Eran muy corrientes estas conclusiones filosóficas en él. Sus respuestas, sus opiniones siempre eran ajustadas, profundas con un asombroso sentido del bien pensar. Así era "El Calao". Hoy este hombre de campo no es más que un recuerdo nostálgico y doloroso. Su cuerpo fuerte fué vencido, absorbido por esa tierra a que tanto amó. El abono del sudor de su rostro y de su cuerpo no se habrá perdido. Como el de tantos hombres de campo quedará en la tierra para que ésta pueda seguir criando semillas vigorosas. Su parcela, su tierra, quedará allí a través de los siglos. Igual que la margarita bravía, su semilla formó nuevos seres que seguirán pegados a ese campo que es la esperanza de nuestro mundo. Hombres con los que habrá que contar y a los que habrá que mimar para que la especie no se extinga con la ruina de todos. La vida de estos hombres es durísima. Su contacto directo con los elementos los desgasta, los quema. Hombres que se entregan a la tierra, que lo dan todo por ella hasta quedar incrustados en la tierra misma.
Descansa en paz, Carmelo Nevado. Nuestras charlas han quedado interrumpidas. Pasastes por la vida como un número más. Tu vida entera de trabajo como la de tantos otros hombres anónimos sólo tuvo capítulos íntimos. Te encomendó Dios una misión y la cumplistes hasta quedar agotado, consumido. Gozastes, sufristes. Vivistes en un mundo en donde hay mal y hay bien, mal y bien que siempre hubo y que siempre habrá. Ya no verás salir más soles luminosos. Te has consumido en un ocaso de paz y ya no carecerás de nada.
Es inevitable, querido "Calao", que también en esas orillas de aguas cristalinas y de auténtica pureza del más allá volvamos a coincidir para descubrir nuevas margaritas, tal vez sin simientes, pero con el perfume eterno de lo Divino.
ALBERTO G. WILLEMENOT.

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